COVADONGA QUEROL, amiga de Gaspar.
Benedictina de Las Pelayas de Oviedo
Conocí a Gaspar García Laviana en 1969, en la Semana Social de Valladolid. Yo asistía a esas reuniones porque me gustaba y colaboraba un poco en la secretaría. Allí hicimos una pequeña pandilla; salíamos en los entreactos a charlar y a tomar algo. Conectamos pronto, los dos éramos asturianos, y nacimos el mismo año, 1941. Siempre me llamó la atención el corazón inmenso de Gaspar, que lo desbordaba a él, se le salía fuera y ahí cabía todo el mundo. Ese corazón inmenso atraía a la gente, era una gran persona; para mí, un fuera de serie. Un hombre, además, muy sensible y muy soñador también, con muchas ilusiones, muy expresivo, muy expansivo, muy jovial y, al mismo tiempo, de una ternura enorme ante el dolor, ante el sufrimiento de alguien. Ante una persona necesitada, Gaspar se olvidaba de sí mismo, salía hacia el otro, él desaparecía.
Recuerdo un día en Murcia, que durante una comida se manchó los pantalones, y todos sabíamos que no tenía más, pues era muy austero y andaba siempre con lo puesto. Burlándonos un poco de él le fuimos sacando la talla que tenía y le compramos unos pantalones para «Tenía un corazón inmenso en el que cabía todo el mundo» que, al menos, pudiera cambiarse. Es que Gaspar nunca pensaba en sí mismo, sino en los demás; sólo tenía lo imprescindible para él y, así todo, si alguien a su alrededor necesitaba algo, lo que tenía en el bolso se lo daba. Todos pudimos ver, y de forma acrecentada, cómo era en Nicaragua: cuando llegó y vio el contraste, el sufrimiento y cómo vivía la gente. Ahí, él ya salió de sí y se volcó.
Cuando le conocí, Gaspar ya era sacerdote y estaba en la parroquia de San Federico, en Madrid. Yo todavía no era monja. Después de Valladolid, coincidimos en otra Semana Social en Murcia, donde ocurrió la anécdota de los pantalones; más tarde cuando tuve que ir a Madrid me acercaba a verle a la parroquia; me hacía ilusión saber cómo eran su ambiente y su mundo. También fui a Tuilla, porque me gustaba conocer el entorno donde Gaspar se había movido, y regresé en varias ocasiones al pueblo, a veces coincidiendo con que venía Gaspar y otras veces no. Conocí así a sus padres, unas personas encantadoras, muy entrañables. Yo allí, en casa de Gaspar, me sentía como en mi propia casa, y a su hermana Marisa la sentía también muy cercana. A Silverio le conocí más tarde, porque la primera vez que fui a Tuilla él estaba en el seminario, en la casa de formación.
Con Gaspar mantuve contacto siempre. Incluso cuando estaba preparando el viaje a Nicaragua, mirábamos mapas para ver cómo era, dónde iba a estar, los puntos principales. Después seguimos la relación, pero no demasiado porque él tenía mucho trabajo, pero sí que nos carteamos. En alguna carta me contaba lo que estaba viendo, que las circunstancias le estaban llevando a tener que tomar una determinación, que era difícil, que era dura de adoptar. Eso me lo llegó a comentar y, después, yo iba siguiendo un poco lo que hacía.
De Gaspar me queda el recuerdo de haber tenido una amistad muy guapa, como decimos en Asturias. Era un hombre bien ‘plantao’, con don de gentes, con una jovialidad y una alegría que se contagiaban. Un día, nos reunimos en mi casa varios amigos, Gaspar, su hermano Silverio, Virginia, una amiga mía... Pusimos el magnetófono, no sé si fue por tener un poco de recuerdo o por qué, pero estuvimos charlando un rato y Gaspar se puso a cantar. Cantó muchas cosas, unas canciones él solo, otras con Silverio; cantó un villancico muy bonito, cantó también una canción con aires sudamericanos, otras eran en plan de broma. Gaspar era así, donde él estaba había juerga, animación, buen humor.
Estoy convencida de que cuando Gaspar cogió las armas lo hizo pensando en que no tenía otra opción. Realmente nunca me lo hubiera imaginado, pero pensé que cuando Gaspar lo hacía, estaría bien porque no era una persona que hiciese las cosas a lo loco. Él necesitaba ayudar a aquel pueblo que sufría porque por su naturaleza, por su sensibilidad y su manera de ser, él no era así. Al revés, Gaspar era pacífico dentro de su temperamento, que era fuerte. Él tenía la convicción de que tenía que ayudar, de que aquella gente no podía vivir así, y esa convicción le hizo llegar hasta el final. Realmente, creo que le pudo el ver la situación y el ver las necesidades de la gente. Fue un hombre consecuente con lo que creía, con lo que le parecía que tenía que hacer y con ese entregarse a los demás, hasta el final. Cristo también fue considerado un revolucionario y también llegó hasta el final.